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Para hablar de Ariel Camus, fundador y CEO de Microverse, podríamos empezar por decir que es un generalista, un líder que lo mismo diseña, opera las finanzas y programa —talento que, por cierto, adquirió desde los 12 años—. O bien, podríamos abordar los extraordinarios logros que ha tenido como emprendedor al levantar más de 20 millones de dólares de capital. Sin embargo, no podemos iniciar, sin dejar de nombrar su talento principal: esa capacidad de enamorarse de ciertas ideas, de tener un nivel de convicción muy alto, de irradiar confianza y pasión por lo que hace.

Primeras rutas

La historia de Ariel Camus está escrita sobre un mapa que empezó a dibujarse en Argentina en el año de 1987. En la capital del tango, cuando él tenía 12 años, se trazó el primer movimiento migratorio de su vida, el cual, estuvo determinado por el “corralito”, la crisis financiera más grande de Argentina. Este factor llevó a que su familia optara por emigrar a Europa, primero a las Islas Canarias donde vivió cuatro años, y más adelante, motivado por los sueños universitarios a sus 16 años, volando a Madrid.

Fue en el país del fútbol y la paella, donde inició su primer startup: TouristEye, una de las primeras Apps del mundo en tener mapas offline para que la gente que viaja pudiera tener toda la información para su viaje, sin necesidad de tener una conexión de internet.

Con este emprendimiento echado a andar y el sueño de consolidarlo, trazó su siguiente destino que lo llevaría a recorrer sobre el Atlántico poco más de 9300 kilómetros.  Así, llegó a San Francisco, California, con el objetivo de buscar capital para su primera empresa. Esta etapa, llena de muchísimo aprendizaje, terminó en la venta de TouristEye a Lonely Planet, la compañía con el catálogo de guías de viaje más grande del mundo.

Honrar el orígen 

15,000 kilómetros más tarde, la vida de Ariel daría un giro crucial, la ruta en esta ocasión apuntó hacia el este de África, para aterrizar en un pequeño pueblo ubicado en el norte de Burundi, escala que duró un mes. Fue en aquel sitio donde la relatividad del tiempo hizo su trabajo, y el explorar una realidad distinta lo llevó a hacer conciencia del extremo más opuesto de lo que pudo haber sido su vida si sus padres, en aquel año 2001 en que, en medio de la crisis más importante de su país de origen, no hubieran tomado grandes riesgos y sacrificios al decidir emigrar hacia Europa. Decisión que le permitió el acceso a oportunidades globales que abarcan no sólo España sino su llegada a Estados Unidos.

Esta reflexión le llenó de un profundo agradecimiento por la vida que le tocó. Así, pudo reconocer que no hay lugares mejores o peores, lo que hay es una diversidad de cosas y realidades que tienen su lado positivo o negativo.  En consecuencia, eso le hizo apreciar cada lugar del mundo en el que había estado, empezando desde luego por Argentina, el país que lleva en el corazón, por mucho que Europa y Estados Unidos le hayan dado acceso a grandes oportunidades, como lo describe en sus propias palabras.

Aterrizar en el presente

La estancia en África, fue el momento cumbre para saber que, lo importante de haber estado en Europa y EU, no es sólo la economía, sino el haber tenido la oportunidad de pasar por muchas partes, de haber abierto su mente a tan diversas formas de hacer las cosas, de expresarse, de trabajar, de amar y relacionarse.

Conocer y convivir con gente de todo el mundo, le habría generado mucha empatía, y la capacidad de apreciar mucho el respeto por lo demás, de valorar lo que hasta ese momento había tenido y, lo más importante: enfocarse en el presente.

Con esta revolución mental y el corazón a flor de piel, regresó a San Francisco para continuar trabajando para Lonely Planet después de que adquirieran su empresa. Tres años más tarde, nació Microverse.


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